El revolucionario Colores santos de Gustavo Cerati y Daniel Melero cumple 30 años

Fernando Guerrico

Publicado en marzo de 1992, Colores santos significó la confluencia artística y filosófica de dos artistas claves en la historia del rock y pop argentino como son Gustavo Cerati y Daniel Melero. A 30 años de su salida, hoy podemos escuchar en su propuesta creativas y estética una refundación sonora del rock argentino de época.

Ambos artistas se conocieron en 1982 y, si bien sus carreras siguieron caminos diferentes, siempre estuvieron unidos por un lazo de amistad, construido sobre las perspectivas similares a la hora de concebir a la música y proyectarla como una herramienta de transformación del imaginario sociocultural. Desde la masividad que adquirió “Trátame suavemente”, compuesta originalmente por Melero para su banda Los Encargados y popularizada por Soda Stereo en su álbum debut, se puede observar esa suerte de unión y tensión conceptual que se provoca al citar el trabajo en conjunto de Cerati y Melero.

Si bien trabajaron juntos en las canciones “Cae el sol” y “Hombre al agua” que formaron parte de Canción animal (1990) y en “No necesito verte (para saberlo)” del EP Rexmix (1991), el acercamiento de ambos artistas en Colores santos sería diferente y mucho más intensa. Gustavo y Daniel trabajaron en su disco colaborativo sin ningún tipo de presión y sin injerencia de opiniones ajenas. Esto provocó que el devenir de las más de 350 de horas de trabajo de producción generara un lenguaje de libertad y experimentación artística plasmado desde el inicio del álbum con “Vuelta por el universo”. Como bien describe su título, esta canción apertura propone un viaje sonoro a través de los filtros, samplers y programaciones de la samplera Akai MPC-60 y el teclado Fun Machine.

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Lejos de las bandas de rock argentino populares de esa época (incluyendo Soda Stereo) que basaban sus composiciones en la clásica formación de batería-bajo-guitarra, Colores santos vino a proponer una dimensión rupturista y al mismo tiempo futurista que habría de recorrer gran parte de la música rock en todo el mundo durante los años noventa.

Canciones como “Cozumel”, “Quatro” y “Marea de Venus” funcionan como síntesis del período de creatividad y experimentación sonora que se dio entre la electrónica y el rock en Mánchester con artistas como The Stone Roses y Happy Mondays, y que se terminó de popularizar con el lanzamiento del álbum Screamadelica de los escoceses Primal Scream en 1991. También los samples de guitarra que inundan canciones como “La cuerda planetaria” y “Alborada” se inspiraron en el universo shoegaze que llegó a la cumbre con el inolvidable Loveless de My Bloody Valentine publicado también en 1991 y que representó la última etapa de fuerte experimentación sonora de la cultura rock, utilizando a la guitarra como instrumento principal.

Sin embargo, lo que hace a Colores santos una obra esencial es la vigencia sonora que mantiene pese al paso del tiempo. Escuchando el disco a treinta años de su publicación, se puede percibir cómo la grabación en cinta de aquellos tiempos generaba una consistencia y singularidad en el sonido (tal como declaró el ingeniero de sonido Eduardo Bergallo) que se distingue de las tecnologías digitales que se implantaron en el mundo de la música electrónica desde entonces. Esto le da una textura orgánica al disco que logra equilibrar los samplers y las programaciones con las partes instrumentales compuestas a partir de guitarras, bajos y otros instrumentos utilizados durante la grabación, en la cual Flavio Etcheto participó tocando trompetas en “Madre tierra” y Carola Bony cantando en “Pudo ser” (únicos músicos invitados).

Hay también una sensación de futuro constante al escuchar Colores santosLa visión vanguardista de Melero se apoyó en la capacidad innata de Cerati para traducir ideas foráneas y llevarlas al calor y color de la música popular argentina. Así, la lírica del álbum se conecta con la paleta electrónica de sonidos y samplers a través de palabras certeras pero sobrias que aumentan la elegancia bailable de muchas de las canciones como sucede con “Vuelta por el universo” que narra: “Hoy que estás espléndida, y que todo lo iluminas/ Demos un paseo, vuelta por el universo, pide algún deseo”.

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Foto: Gabriel Rocca

La importancia más inmediata de Colores santos fue la forma en que sentó las bases estéticas y musicales de buena parte de lo que a comienzos de los noventa se denominó “nuevo rock argentino”, movimiento que agrupó a Juana La LocaBabasónicos, Demonios de Tasmania y Suárez, entre otros artistas. El impacto que provocó en las nuevas generaciones en parte se debe a su manera de abarcar al Madchester y el shoegaze desde un lugar de plena convicción en la obra en sí misma, sin especular con el resultado comercial.

El concepto del dueto de trabajar al disco como “una obra de cultura rock”, tal como admite Melero en una entrevista para el programa Fax de 1992, habla implícitamente de la idea trascendental que atraviesa el álbum: el de renovar las formas y estilos de la música popular argentina, tal como se las había comprendido hasta ese entonces. Esto les ganó la aprobación del público joven de la época, entusiastas de que artistas del mainstream asumieron el riesgo de traducir y dar a conocer las nuevas tendencias en lugar de quedarse en la fórmula cómoda y exitosa (ejercicio artístico que David Bowie realizó a la perfección durante gran parte de su carrera, especialmente en la etapa que va de Ziggy Stardust a Let’s Dance).

La decepción que manifestaba Cerati con la escena musical hacia fines de los noventas, según cuentan sus allegados, se debía en gran parte a que luego de haber puesto en alza la vara artística de la música rock argentina de los años ochenta, imaginó que el portal de creatividad venidera que propuso junto con Melero en Colores santos elevaría el imaginario popular de la música argentina. Lamentablemente, los años noventa en Argentina terminaron siendo la amarga transformación y masificación de la cultura rock local bajo el mote de “rock chabón”.

A treinta años de la edición de Colores santos, queda claro de que se trata de una obra idealista, que deja como propósito implícito la sensación de que la vigencia en el mundo de la música se construye a partir del riesgo creativo ocasionado al ir más allá de las fronteras artísticas de su tiempo. Así, en la cruzada artística de Gustavo Cerati y Daniel Melero encontramos aún hoy el inmenso legado de su música, que pasadas más de tres décadas perdura con la idea con la cual concibieron al disco: la de elevar y mantener para siempre fresca la importancia de la cultura rock.

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